Momentos compartidos con una trucha


 Siempre es agradable encontrarse con el estacionamiento de acceso al río vacío, más si se trata de un tramo muy visitado, te ayuda a mantener la ilusión de pescar un trocito de río sin haber sido molestado.
El pescador
Esta es la historía de una tarde de pesca.

Después de aparcar el coche bajo una chopera, camine hasta la orilla del río y contemple ceremoniosamente como el agua corría limpia y cristalina sin apenas hacer ruido. El río aquí es ancho, con algunas tablas y corrientes que se deslizan entre pequeñas piedras, provocando líneas de burbujas y microremolinos, pero ninguna lo suficientemente grande como para gorgotear.

Al cabo de un rato regresé al coche para enfundarme el vadeador y preparar el equipo. Después de armar la caña comprobé que las anillas estaban alineadas, los nudos del bajo fuertes y el freno del carrete bien ajustado, todo comprobado minuciosamente. El día prometía, la tarde cálida con una leve brisa auguraba un atardecer de truchas en ascenso.

Vadee casi hasta la mitad del río con el agua deslizándose hasta las rodillas. Note algunas efímeras pequeñas muy claras derivando serenamente por la superficie del agua y una sucesión de ondas producidas por las reiteradas cebas silenciosas de una trucha. Observé a las pequeñas efímeras que se desplazaban por la zona de alimentación de la trucha sin que fueran tomadas por esta. El pez seguía cebándose, produciendo las ondas características sin que pudiera ver lo que estaba comiendo. Era por lo visto un pez alimentándose felizmente.

Una mosca de tamaño grande pasó a mi lado con un volar vacilante. Estas efímeras grandes que suelen aparecer al atardecer son malas voladoras y se estrellan a menudo con cualquier obstáculo, por lo que parece razonable que las truchas se las coman si tienen la oportunidad. Así que viendo que la trucha pasaba de las efímeras pequeñas, me dispuse a buscar en mi caja de moscas una parecida en tamaño y colorido.

Avancé un par de metros y lancé la mosca más parecida que encuentre en la caja. La deriva era casi perfecta a pesar de las diferentes corrientes que tenía que atravesar la línea. Contuve la respiración mientras la mosca se acercaba a la zona de alimentación de la trucha, pero la mosca fue despreciada y empujada hacia un lado por un nuevo aro muy cerca de ella, ¿un rechazo o una subida coincidente? Lance nuevamente el moscón y esta vez ni aro ni trucha aparecieron. Al tercer lance la trucha subió, pero a treinta centímetros a la derecha de la mosca. Mantuve la calma hasta que la mosca se alejó lo suficiente de la zona, entonces grite una maldición que resonó con fuerza en el río y luego mire a mi alrededor en busca de otros pescadores con quien disculparme, pero no había nadie y sume una leve sonrisa a los ecos de mi maldición.

Cada cierto tiempo la trucha seguía subiendo y provocando los clásicos aros en superficie. Las cebadas se sucedían por todas partes, especialmente eran notorias en la tablada que tenía aguas arriba de mi posición, todas eran similares en tamaño, forma y muy sutiles, como si las truchas estuvieran adsorbiendo algo que yo no alcanzaba a ver. 

Después de observar un rato las reiteradas cebas, até una pequeña mosca emergente en paracaídas, una mosca que resulta ser una muy buena opción para estas ocasiones en que uno no sabe que están comiendo las truchas y que a lo largo de los años me ha dado muy buenos resultados. La trucha seguía subiendo, a veces a centímetros de la pequeña emergente que la presentaba, pero sin tocarla. No me rendí y continué cambiando con cautela de mosca, de ángulo, de lance, de terminal, haciéndolo más largo y más fino, acercándome cada vez más a la trucha. Aun así, la trucha seguía despreciando mis moscas.

La brisa de la tarde había cesado y la luz se estaba suavizando. Había pasado una hora y media, tal vez más desde que entre al río, y en ese tiempo no había aparecido ningún otro pescador. A mis espaldas el sol se había ocultado tras los espesos chopos que dejaban pasar unos cuantos rayos de color rojo dorado salpicando los chopos de la orilla opuesta. Aunque en menor cantidad, seguía habiendo pequeñas efímeras tanto en el aire como derivando por el agua, pero lo que no había visto hasta el momento era que la trucha se comiera una sola mosca natural. Para contrarrestar mi frustración, decidí lanzar aguas abajo a una trucha que se estaba cebando, la enganche momentáneamente y tras una breve lucha se soltó. 

Me había acercado tanto a la trucha que estaba sumergido hasta la cintura, lanzando prácticamente solo el bajo de línea. La trucha seguía subiendo, aunque ahora las subidas eran más espaciadas en el tiempo, deambulando en una pequeña zona no más grande que una bañera. Ahora podía ver que su boca no rompía la película superficial del agua, en realidad no se elevaba en absoluto. No dije nada, saque de mi caja de moscas un mosquito estilo leonés y lo até mediante un codal a un metro y medio de la mosca seca, lo humedecí con saliva para que se hundiera un poco y lance el tándem de dos moscas un par de metros aguas arriba de la trucha. A la segunda deriva, la trucha tomó sin recelo la mosca ahogada a unos pocos centímetros de la superficie del agua.

Al principio sentí como si hubiera clavado el anzuelo en un tronco, pero comenzó a mover la cabeza de un lado a otro y luego explotó. A pocos metros de mí saltó dos veces, pude ver bien ese gran pez flexionarse en el aire, era una trucha respetable y por su librea amarilla verdosa, probablemente residente del río. La entrada al agua del segundo salto fue atronador, llegando incluso a mojarme el chaleco con algunas gotas de agua. Para mi sorpresa, me dejó guiarla mansamente aguas arriba, pero repentinamente giró aguas abajo, hacia una corriente más profunda, dejando una estela como una orca tras una foca.

 Al poco tiempo la caña se enderezó. El terminal demasiado fino estalló. Ha sido una derrota en toda regla, pensé, y me duele, me dolerá por un tiempo. Era una trucha grande y trabajé duro para llevarla a la sacadera. Después de tantos años pescando a mosca, no he aprendido a luchar contra peces grandes y terminales finos, y no me queda mucho tiempo para aprender a dominar estos peces.

Ya con los últimos rayos de luz y con la misma táctica, engañe alguna de las últimas truchas activas, unos peces de consuelo, y estoy más que satisfecho por ello.

De regreso al estacionamiento, algunas truchas seguían alimentándose de la misma forma silenciosa, pero ya casi no se podían ver los aros por la oscuridad creciente. 

Conduciendo de regreso a casa por un camino de concentración, sin entusiasmo festivo y con la radio apagada, resonaba en mis oídos la famosa frase de Norman Maclean, “el mundo entero es un pez y luego el pez desaparece”. Sin embargo, a medida que conducía, el impacto por la pérdida de esa gran trucha se desvanecía, ya que simplemente con haber engañado un pez tan experimentado a veces es suficiente.  




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