Encuentros con animales salvajes


 Sentado en mi mesa junto al radiador, en un día desapacible de frío y niebla con gotas de lluvia golpeando la ventana, pensaba en la afirmación de Thoureau: “Muchos hombres pescan toda la vida sin saber que no son los peces lo que buscan”. Quizás Robert Traver lo expresó mejor en su “Testamento de un pescador”:“Pesco porque me encanta; porque amo los entornos donde viven las truchas, porque son invariablemente hermosos, y odio los lugares donde se encuentran multitudes de personas, que son invariablemente feos…”

En esos hermosos paisajes —ya sea caminando hacia el río, recorriendo sus orillas o vadeando sus aguas— seguro que te habrás topado con algún personaje interesante. No, no me refiero a pescadores ilustres, sino a los encuentros con esos animales salvajes de cuatro patas que viven en las orillas del río o muy cerca de él.

El verano pasado, pescando el Curueño a la altura de Sopeña, oí el crujido de unos pasos entre la hierba seca recién segada de un prado cercano. Me detuve esperando ver alguna vaca acercarse a beber agua, pero, en cambio, me sorprendió un lobo asomando su cabeza por encima de un matorral, a no más de diez o doce metros. El curioso animal olfateaba el aire buscando algo que en ese momento yo no sabía qué podía ser; cuando me moví preocupado, el can aulló dos veces antes de desaparecer en dirección al monte.

Una vez pasado el susto, seguí pescando y mi sorpresa fue mayúscula al ver en la misma orilla del río los restos de un corzo al que solo le quedaba la cabeza y una pata trasera. Lo más probable es que una manada de lobos diera caza al corzo la noche anterior en la misma orilla del río y se dieran con él un festín sin llegar a terminar de comérselo entero. Los dos aullidos del lobo, pienso que serían para alertar a la manada de mi presencia, no lo sé.

Una tarde de mayo, de esto hace muchos años, estaba pescando el Omaña a la altura de Trascastro de Luna, truchas autóctonas con una “sarnosa”. Las truchas, algunas de buen tamaño, subían a la mosca cada tres o cuatro lances. Tras pasar la mayor parte de la tarde sacando peces, decidí tomarme un respiro. 

Sentado en el tronco de un viejo árbol caído, vi un chapoteo bajo una piedra en medio del río; al levantarme para ver lo que era, observé una ardilla roja que emergía a la superficie, pensé en meterme al agua para ayudar al pobre animalito, pero un instante después le vi nadar como un perrito y subirse a una roca. 

El roedor travieso se sacudió de un lado a otro salpicando agua de su pelaje rojizo. ¿Y ahora qué?, pensé. Pero entonces el intrépido viajero se deslizó al agua y nadó los últimos metros hasta alcanzar la orilla opuesta. ¿Quién iba a pensar que las ardillas sabían nadar? Yo desde luego nunca había visto una ardilla cruzar el río a nado. ¿Y tú?

Este no fue mi único encuentro con un roedor en el río. Hace tres temporadas, una tarde lluviosa de junio, estaba pescando el Torío a la altura del campin de Vegacervera con un impermeable sobre el chaleco y la capucha bien ajustada sobre la gorra. Estaba concentrado lanzando una “mosca de la piedra” en cdc. Al mover la artificial cada vez que se hundía, alguna de las muchas truchas que tiene este tramo se abalanzaba sobre la mosca. Después de inclinarme para liberar una de ellas, descubrí un pequeño ratón campestre a un par de metros de mi posición, intentando mantenerse seco sentado sobre sus patas traseras en una hendidura de la orilla. Sus pequeños ojos negros me miraron fijamente como diciendo: <<Tú sigue pescando, aquí no hay nada que ver>>.

Un incidente similar me ocurrió pescando el coto de Rioseco de Tapia. Estaba metido hasta la cintura en una tabla, intentando engañar unas truchas que no paraban de subir. Al cambiar de mosca, noté un movimiento extraño a mis espaldas. Al darme la vuelta, noté que algo intentaba cruzar la ancha y lenta tablada. Al principio pensé que se trataba de una rata de agua. Dejando por aburrimiento las truchas, recogí la línea y salí de la tabla, decidido a investigar la bolita de pelo gris que apenas avanzaba contra la lenta corriente. Al acercarme, descubrí que la bolita de pelo era un conejito desorientado que debía haberse caído de la orilla.

El conejo estaba casi muerto, pues se había sumergido varias veces mientras yo bajaba a auxiliarle. Me llevó unos minutos llegar hasta donde estaba el animalito que ahora presionaba contra mi muslo esperando que le salvara de una muerte segura. Todavía estábamos a unos ocho metros de la orilla cuando metí la mano bajo la pobre criatura que parecía encantada de verme.

Unos instantes después, me encontraba sentado en la orilla junto al animalito maltrecho y tumbado de lado, con el corazón latiendo y los pulmones respirando con dificultad. Jamás había presenciado una escena tan lamentable. Al rato, el pequeño o pequeña (nunca se sabe a ciencia cierta con los conejos) se sacudió el agua que le quedaba y empezó sin ningún reparo a acicalarse, pasando las dos patas delanteras por el morro y sus pequeños bigotes.

Cuando por fin parecía que se había recuperado, me levanté; entonces el animalito saltó como un resorte y se escabulló entre la hierba alta en dirección a unos montículos donde se podían ver algunas madrigueras de conejos silvestres excavadas en la arena. La verdad es que estas cosas curiosas que te suceden en el río nunca se olvidan.

Concluiré (porque si no esto se hace muy largo) con una tarde pescando el E.D.S. de Villomar. Era un día tranquilo de septiembre, con el sol en lo alto y una ligera brisa, y aunque las compuertas del pantano las habían cerrado unos días antes, el agua seguía estando fría. Mientras andaba detrás de una trucha, tratando de engañarla con una mosca seca como indicador de picada y una ninfa de punta. Al hacer los lances, la ninfa producía un chapoteo cada vez que tocaba la superficie del agua plana que no me gustaba mucho. 

Al agacharme para cambiar de ninfa por otra más pequeña, oí un ruido extraño proveniente de la orilla opuesta, a unos diez o quince metros aguas arriba. No daba crédito a lo que estaba viendo, una nutria delante de mí alimentándose tranquilamente de una trucha. Tras recoger la línea, dudé si avanzar o retroceder, dejando que la nutria se alimentara tranquilamente, pero la nutria, al verme, desapareció con su presa bajo el agua como por arte de magia. Sin embargo, el ruido extraño como el de una sierra de mano cortando leña seguía, así que avancé unos metros aguas arriba para averiguar quién hacía ese ruido tan extraño, y cuál fue mi sorpresa al descubrir un zorro durmiendo con los ojos cerrados y roncando. Simplemente, me eché a reír 😂, volviendo por mis pasos silenciosamente y dejando que el animal disfrutara de la siesta en la soledad del río.

Estos encuentros tan curiosos con animales salvajes se recuerdan siempre y forman parte de la vida de un pescador. ¿Y tú, has tenido algún encuentro parecido con animales? Si te acuerdas de alguno, cuéntanoslo en el apartado de “comentarios”; estaremos todos muy agradecidos de conocerlos y de reírnos un poco. 😂

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